Porque lo más importante es enamorarte de tu barrio
En Chile mi barrio se llamaba Ñuñoa
y yo estaba enamorada,
salía con la bici, un casco y mi mochila
por la ciclovía
hacia el posgrado a presenciar clases sobre barroco
en Providencia.
También iba a la biblioteca de la Universidad Católica,
que estaba mucho más cerca.
Ahí se cursaban artes y siempre podía escuchar
diversas clases de violín, contrabajo o sencillamente
practicaban danzas.
Era un castillo muy pulcro
y, a menudo, me peleaba con los guardias de seguridad
que eran sumamente inflexibles.
En Río, me enamoré de Tijuca,
un barrio sin playa en la parte norte.
Hacer compras en la feria era mi día favorito:
papayas, melones, paltas del tamaño de un bebé,
pescados frescos, flores y especias.
Además me sentía cool porque era el barrio
del cantante Tim Maia.
Mientras mis compañeros gastaban fortunas
para alquilar en las zonas turísticas,
yo pagaba un alquiler muy magro
y ahorraba dinero.
Los sábados había feria de animales exóticos
gran cantidad de pájaros, monos y culebras
encerrados en estados deplorables
lo que me traía mucha tristeza.
En Brasil hay ideas extrañas de la legalidad.
A lo lejos, además, se veía la floresta
y sobre ella algunas favelas como láminas de colores
dispersas en el aire en un paisaje lisérgico
de plumas y vapores coloridos.
Mi barrio de ahora también me enamora.
Es un barrio trabajador del puerto de Mar del Plata.
Hay comerciantes y evangelistas
que en nuestra época vienen a ser
el mismo tipo de persona.
Creo que pasar y ver las iglesias con gigantografías
de caras de pastores que llevan corte rutera
es exótico.
Trato de no juzgar nada.
Hay un supermercado chino genial
que se llama Argenchina
y ahí conocí a la cajera más joven de todas,
una chinita de dos años que se llama Solana
y ya sabe cobrar con qr y pasar tarjetas de débito.
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