En 1961 se prendió fuego un circo en Niteroi.
Muchos murieron.
Algunos escaparon gracias a que la elefanta Semba rompió con su fuerza la lona del circo.
No se reportan animales muertos en las crónicas,
pero yo pienso en una pantera carbonizada.
Lo inflamable nos rodea
como un corralito de fuego.
El otro día una llamarada de la cocina
alcazó mi rostro
y llegó a machucarme las pestañas.
Ayer, el vecino de Elisa decidió
que era buena idea
secar su ropa en el calefactor
y prendió fuego el piso entero.
Uno de los que asistía al circo
se salvó y se volvió loco.
Los que se salvan, enloquecen
los que no se salvan, mueren.
Ana soño que volvía radiante
de un congreso en el Mato Grosso.
Los que no se salvan, mueren
los otros, enloquecen.
El circo quedó en la imaginación popular
como la representación de un mundo.
El circo es la representación de mi mente.
Acróbatas, panteras prendidas fuegos,
elefantes escapitas, mujeres barbudas,
payasos, profetas, encantadores de serpientes,
domadores de leones.
Nunca pude ir a un circo
pero sí monté un elefante.
Solo recuerdo su piel
llena de pinches
como un puercoespín.
Pensé que los elefantes eran suaves
piel de reptil, con coronas y trajes verdes,
como Babar,
como los elefantes del libro de la selva.
Suaves como los circos
suaves como mi mente.