miércoles, 9 de septiembre de 2026

En 1961 se prendió fuego un circo en Niteroi. 

Muchos murieron. 

Algunos escaparon gracias a que la elefanta Semba rompió con su fuerza la lona del circo.

No se reportan animales muertos en las crónicas, 

pero yo pienso en una pantera carbonizada.

Lo inflamable nos rodea

como un corralito de fuego.

El otro día una llamarada de la cocina

alcazó mi rostro

y llegó a machucarme las pestañas.

Ayer, el vecino de Elisa decidió 

que era buena idea 

secar su ropa en el calefactor

y prendió fuego el piso entero.

Uno de los que asistía al circo

se salvó y se volvió loco. 

Los que se salvan, enloquecen

los que no se salvan, mueren.

Ana soño que volvía radiante

de un congreso en el Mato Grosso.

Los que no se salvan, mueren

los otros, enloquecen.

El circo quedó en la imaginación popular

como la representación de un mundo.

El circo es la representación de mi mente.

Acróbatas, panteras prendidas fuegos, 

elefantes escapitas, mujeres barbudas,

payasos, profetas, encantadores de serpientes,

domadores de leones.

Nunca pude ir a un circo

pero sí monté un elefante.

Solo recuerdo su piel

llena de pinches 

como un puercoespín.

Pensé que los elefantes eran suaves

piel de reptil, con coronas y trajes verdes,

como Babar,

como los elefantes del libro de la selva.

Suaves como los circos

suaves como mi mente.

En la guardia me preguntan cómo se va a llamar el menino, les digo que se llamará "Astor" pero la consonante final les suena impronunciable. Entonces dicen "Ajtoj" y me insisten. Les digo que no. Entonces, me dicen, se llamará "Arthurj". Bueno, les digo, se llamará Arthurj.